Notar la brisa y el sol en la cara mientras recorres los casi 10 kilómetros que se pasean en un campo de 18 hoyos no tiene parangón. Sentir el poder del drive entre los dedos y lanzar la bola lejos, muy lejos, para luego acercarla con precisión milimétrica al green, evoca una sensación cercana a la ingravidez, a un breve y sublime vuelo.
Nubes rampando por el campo de golf
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