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Un British en St. Andrews

Son las once de la noche y por fin el sol ha decidido tomarse un descanso en St. Andrews. Paseo post cena para bajar los exquisitos raviolis del Zizzi. Subimos por la paralela de la calle del hoyo 18, en dirección al green, al pueblo. Pasamos por la trasera de la casa club del New Golf Club. Se llamará New, pero lleva en pie desde principios del siglo XX. Una placa advierte de que en este mismo edificio, bajando unas escaleras, se mató el Viejo Tom Morris cuando tenía 86 años. Se partió el cráneo.

 

 

Son las once de la noche y por fin el sol ha decidido tomarse un descanso en St. Andrews. Paseo post cena para bajar los exquisitos raviolis del Zizzi. Subimos por la paralela de la calle del hoyo 18, en dirección al green, al pueblo. Pasamos por la trasera de la casa club del New Golf Club. Se llamará New, pero lleva en pie desde principios del siglo XX. Una placa advierte de que en este mismo edificio, bajando unas escaleras, se mató el Viejo Tom Morris cuando tenía 86 años. Se partió el cráneo.

 

Cada placa en St. Andrews es historia del golf. Un placer para los sentidos. Dos puertas más arriba, otra inscripción asegura que en esa casa vivió desde 1866 (un año antes de ganar su último British), el Viejo Morris. Al levantar la vista, a unos quince metros, aparece la figura de un joven, vestido moderno, con gorra, acompañado por su pareja. Qué contraste. Viene bajando. Conforme se acerca se desvela la figura de Rickie Fowler. Emparedado de Fowler, presente y futuro del golf y el Viejo Morris, pionero y origen de casi todo esto. Esto es St. Andrews.

 

Un British en St. Andrews es pasar por la noche junto al green del hoyo 18, a unos cuatro metros del green y ver la bandera puesta, elegante, natural. Una bandera que te está diciendo que lleva allí toda la vida y que sí, que para ti será una semana especial, pero que para ella es una semana más. Aquí empezó todo y se lleva con naturalidad. No hay lonas que tapen, ni guardias de seguridad que te impidan pasar allí cuantos minutos quieras, ni policía... Nada. Es la plaza del pueblo. Aquí llevo toda la vida y aquí sigo aunque sea la semana del Open Championship.

 

Un British en St. Andrews es doblar la esquina de una calle y toparse de bruces con Nick Price mientras se enciende un puro que probablemente le habrá recomendado Miguel Ángel Jiménez. Pasea solo, tranquilo, disfrutando. Como siempre lo hizo por St. Andrews. Se hace unas fotos, firma algunos autógrafos, un selfie y sigue andando dando caladas al cigarro.

 

Un British en St. Andrews es entrar en el pub Dunvegan que, como siempre, está de bote en bote. Una amalgama de periodistas, caddies, managers y miembros del Royal & Ancient se arremolinan en torno a unas cuantas pintas. Se habla de golf. Cómo no. La pregunta del millón: ¿Quién va a ganar esta semana? Quien sabe. Pase lo que pase, el triunfo es poder estar en St. Andrews.

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