En 2003, con motivo del décimo aniversario del Golf Lerma. “Nací en Málaga en 1938. A los 12 años empecé a jugar al golf, muy a mi pesar, porque lo que me gustaba era el fútbol. No debía ser muy bueno en casa, en cuanto podían me quitaban de en medio. Mi padre iba a jugar al Parador -único links de 18 hoyos entonces en España, diseñado por Colt y Harrison, con un saloncito pequeño pero con mucho ambiente- y me dropaba allí. Daba la tabarra con mi primo Ángel de la Riva y Pedro Casado, jugábamos con los caddies, que eran todos de Churriana.
En 2003, con motivo del décimo aniversario del Golf Lerma.
“Nací en Málaga en 1938. A los 12 años empecé a jugar al golf, muy a mi pesar, porque lo que me gustaba era el fútbol. No debía ser muy bueno en casa, en cuanto podían me quitaban de en medio. Mi padre iba a jugar al Parador -único links de 18 hoyos entonces en España, diseñado por Colt y Harrison, con un saloncito pequeño pero con mucho ambiente- y me dropaba allí. Daba la tabarra con mi primo Ángel de la Riva y Pedro Casado, jugábamos con los caddies, que eran todos de Churriana.
Nos organizaba Julio Casaña, el profesional, que sólo me dio dos clases: una a 10 pesetas la hora y otra a 15. Yo tenía medio juego de palos heredado de mi tía Maribel que usé hasta los 14 años. A mi padre se le caía la baba conmigo porque empezaba a jugar, y le compró un juego entero “Ken Smith” a un cura castrense de la Base Aérea de Málaga.
Tuve mi primer palo bueno en 1952. Max Faulkner ganó el Open de España y Ángel Fernández Liencres le invitó a jugar la Copa Baco (golpe fallado, ¡copita para dentro!) en el Parador (Club de Campo de Málaga); como no podía beber por la úlcera de estómago, preguntó quién era el mejor junior y me tocó jugar con él. Me prestó su driver y dijo: “dale a la bola”. Temblaba y le pegué un leñazo. Faulkner dijo a mi padre que era el palo que yo necesitaba y se lo vendió por 1.000 pelas de las de entonces.
Lo primero que gané fue la Copa Banderitas en 1952, a 9 hoyos, y jugué seis más. En aquella época jugábamos “Banderitas” o “La Cuerda”: te daban tantos metros de cuerda como tu hándicap y la usabas cuando querías, si tenías un putt de cinco metros, cortabas la misma cantidad de cuerda para acabar. Con la “Banderita” te daban una caña que sujetaba la tarjeta y valía la suma del par del campo más tu hándicap; en el golpe que cumplías hándicap ponías la banderita y si te sobraba… seguías jugando más.
Gané seis campeonatos de España y otras seis veces fui segundo, además de ganar dos Internacionales. El primer Campeonato de España fue en el 66 en el Club de Campo de Madrid; jugábamos juntos los internacionales masculino y femenino con un ambiente divertidísimo. Cristina Marsans y yo ganamos el mixto de España a Eduardo de la Riva y Olga Corpas. Yo cantaba ópera -mejor dicho, chillaba, que no es lo mismo- y tocaba la guitarra -hacía chin-chin-pun, chin-chin-pun-, todo el mundo cantaba y lo pasábamos de miedo.
El primer torneo que me viene a la cabeza fue en Pedreña, donde en agosto se jugaban los Campeonatos de Santander, del Cantábrico y de España. Era la primera vez que salía de Málaga a competir y fui en un Citroën Pato con Gerardo van Dulken, a casa de Agustín Mazarrasa, que cantaba montañesucas. Quedamos segundos en el Dobles de España.
En invierno estudiaba Bachillerato y Comercio y en verano, Perito y Profesor Mercantil. En sexto de Bachillerato saqué seis cates, y mi padre, que no hablaba mucho y sus silencios eran lo más bonito del mundo, dijo: “hasta aquí hemos llegado”. Yo era el segundo de ocho hermanos y sentía adoración y respeto por mi padre. Mi madre era nuestra abogada hasta cierto punto, pero con seis cates... no. Cuando volvía de juerga en Torremolinos, a las seis de la mañana, me encontraba las zapatillas preparadas para que no me resfriara.
Con 16 años, dos semanas después de los seis cates, mi padre me mandó a Madrid a trabajar de aprendiz en Almacenes Progreso; creía que iba de señorito y fue todo lo contrario. Mi primo Ángel de la Riva estudiaba allí, y fui pensando en las juergas que nos íbamos a correr.
Al llegar a los almacenes me entrevisté en el sótano con el señor González -“tú eres andaluz, ¿sabes preparar el serrín?”- que me puso a barrer, repartir paquetes y levantar los toldos. Recuerdo que llevé el primer paquete a Costanilla de San Andrés 20 y me dieron un duro de propina, pero me puse colorado y no lo cogí. ¡Cuánto me acordé de aquel duro a los tres días! Era tímido pero aprendí rápido: si no me daban nada ponía la mano, “¿y la propina qué?”. El dinerillo que ganaba me lo jugaba en los Billares Callao con los aprendices de Galerías Preciados y El Corte Inglés.
Seguía estudiando contabilidad e iba ascendiendo en los almacenes. Tía Concha, la madre de Ángel de la Riva, mi madrina, era muy amiga de Joaquín Satrústegui, Secretario del Club de Campo, a quien mi madre mandó 2.500 pesetas para hacerme socio. Los domingos jugaba con Ángel, Pepe Azpilicueta y Enrique Durán. Como ascendí y ya era aprendiz de sección, no tenía propinas de botones y se me acababa el dinero para jugar al golf. Entonces jugaba al fútbol en la parte seca del río Manzanares, con el nombre de Chicui, en el equipo de Nuestra Señora del Rosario.
Un día, mi madre pilló un cabreo -“¡hasta aquí hemos llegado, el niño se vuelve a Málaga!”- y me puso a trabajar en los Almacenes Félix Sáenz hasta que en el 69 diseñé Torrequebrada. Me llamó Pedro Casado –“un alemán quiere hacer un campo en Torrequebrada”, y respondí “¡ese tío está loco!”- para que hablase con el Sr. Shaffer. Fui a ver la finca, había un paso de tórtolas fantástico pero el terreno era muy p’arriba y p’abajo. Me preguntó si yo era capaz de diseñar allí un campo y pedí “carta blanca y empezamos”. ¡No veas el farol que me tiré! Ni Pedro ni yo teníamos idea de lo que era un movimiento de tierras.
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