Seis décadas tardó en unificarse la normativa de la bola entre la R&A y la USGA
Durante más de sesenta años, los mejores golfistas del mundo se vieron obligados a llevar dos tipos de pelotas distintas en sus bolsas de palo, dependiendo de en qué lado del océano Atlántico se encontraran para competir.
No se trataba de una manía personal ni de una simple superstición de los deportistas: era una cuestión de reglas. Hoy, la historia parece volver a repetirse con las nuevas medidas propuestas por los organismos reguladores del golf.
El origen de la división atlántica
En 1932, la Asociación de Golf de los Estados Unidos (USGA) estableció que el diámetro mínimo de una pelota de golf debía ser de 1,68 pulgadas. Sin embargo, The Royal and Ancient Golf Club of St Andrews (R&A), la autoridad que gobierna este deporte en el resto del mundo, decidió mantenerse firme con una medida más reducida: 1,62 pulgadas.
Aunque una diferencia de apenas seis centésimas de pulgada puede sonar completamente trivial para el aficionado común, para la élite de este deporte lo cambiaba todo. Muchos jugadores de la época estaban convencidos de que la bola británica, al ser más pequeña, volaba mucho más lejos y resistía mejor las embestidas del viento cruzado.
Los profesionales estadounidenses eran plenamente conscientes de esta ventaja aerodinámica. Cada vez que leyendas de la talla de Arnold Palmer o Jack Nicklaus viajaban al Viejo Continente para disputar el prestigioso Open Championship, cambiaban su equipamiento por las bolas británicas, más pequeñas y ligeras. En Estados Unidos eran ilegales, pero en el extranjero eran la clave para lograr la victoria, y ellos venían a ganar.
Foto: USGA
Intentos fallidos y resolución
Las dos entidades rectoras intentaron solucionar esta profunda brecha reglamentaria en múltiples ocasiones. En 1970, llegaron a proponer una medida salomónica para dividir la diferencia: unificar el diámetro en 1,66 pulgadas. Sin embargo, tras tres años de intensas y acaloradas discusiones, la idea fue desechada definitivamente en 1973. Ninguno de los dos bandos quería renunciar a "su" pelota.
Hubo que esperar hasta 1990, cincuenta y ocho años después de la división inicial, para que la R&A finalmente diera su brazo a torcer y prohibiera la pelota más pequeña por completo. Se instauró por fin el lema de: un solo golf, una sola pelota, una sola regla.
La historia se repite
Sin embargo, hace pocas semanas, la USGA y la R&A anunciaron una nueva normativa en las especificaciones técnicas de la bola moderna buscando un menor vuelo de bola y que se suponía se implantaría el próximo año, para casi inmediatamente después retractarse y afirmar que se tomarán más tiempo para encontrar "el camino a seguir", al menos hasta 2030.
Para cualquiera que conozca la saga histórica de este deporte, el patrón resulta muy familiar:
1. Se anuncia una reforma.
2. Los jugadores y la industria muestran su descontento.
3. Los plazos se suavizan.
Esto abre de nuevo el debate de la "bifurcación": Diferentes normativas dependiendo del nivel del jugador. Jack Nicklaus es uno de los mayores embajadores de esta idea desde hace muchos años.
La Bifurcación buscaría una característica de bola para los profesionales y amateurs de elite que volara menos, que ayudara a reducir los costes de transformación de los diseños de campos que, ante los avances tecnológicos, se quedan en ocasiones "pequeños" frente a la intención del diseño original en la que los obstáculos pierden su objetivo penalizador. Mientras que se mantiene intacta para el aficionado común, cuyo mayor interés es divertirse y disfrutar del deporte.
Los organismos rectores del golf tienen un largo historial y mucha experiencia en este tipo de conflictos que siempre terminan con una mejora que ayuda al golf a adaptarse a los cambios; simplemente, a veces tardan unas cuantas décadas en admitirlo.
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